Temporadas de Dolor
- CDA Lares

- hace 2 días
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Hasta que su predicción se cumplió; la palabra del Señor lo puso a prueba. - Salmos 105:19 (NBLA)
La mayoría de nosotros esperamos que las pruebas comienzcen con una mala noticia. Lo que no esperamos es que nuestra fe sea puesta a prueba cuando Dios mismo nos da una promesa. Sin embargo, a lo largo de las Escrituras encontramos personas que recibieron una promesa, sólo para ver cómo sus circunstancias tomaban un rumbo opuesto. José tuvo un sueño y terminó en prisión. David fue ungido rey y terminó en una cueva. A la sunamita se le prometió un hijo y sostuvo en su regazo un cuerpo sin vida. Al pueblo se le prometió una tierra y terminó en el desierto. Desde su perspectiva, parecía como si Dios hubiera comenzado una historia y luego la hubiera abandonado a la mitad.
Algunas de las crisis espirituales más profundas no ocurren después de un fracaso. Ocurren después de una promesa. Dios inició algo bueno, inmediatamente después la realidad se volvió todo lo contrario. José no solo perdió su libertad; la perdió después del sueño. David no solo sufrió; sufrió tras la unción. La sunamita no sólo sufrió, sufrió por perder la promesa que ella ni siquiera pidió nunca. Entonces llega la verdadera crisis. No el dolor. No la espera. No la dificultad. La crisis de fe. No queremos admitirlo, pero una parte de nosotros siente: "¿Puedo confiar en Aquél que hizo la promesa?". Porque cuando la promesa y la realidad chocan, experimentamos emociones de las que no hablamos en la iglesia. Nos sentimos confundidos, olvidados. Incluso, traicionados; y ni siquiera nos atrevemos a admitirlo.
Algunos incluso se preguntan si Dios alguna vez les habló. O si ellos entendieron mal. Porque es más fácil pensar que yo me equivoqué, antes que pensar mal de Dios. El pensamiento es muy doloroso, pero nos ataca. Y estos momentos suelen ser más difíciles por el silencio. Porque estas suelen ser las temporadas donde Dios no contesta. José no recibió ninguna explicación en la cárcel. David no recibió ningunafecha sobre cuándo llegaría al trono. La sunamita no recibió ninguna advertencia antes de que su hijo moriría. La promesa permaneció, pero la voz parecía ausente. En el preciso momento en que ellos necesitaban escuchar la voz reconfortante de Dios. En el justo momento en que su corazón clamaba por respuestas o dirección.
Sin embargo, ninguno de ellos se alejó. No porque confiaran en el propósito. Permanecieron porque siguieron llevando su queja a Aquél que hizo la promesa, tal como lo hizo Habacuc (Habacuc 2:1). Hay momentos en que la fe no se ve como confianza y paz. A veces la fe es más cruda, es una fé que se niega a abandonar. Igual que Jacob contendió con Dios, negándose a soltar (Génesis 32:22-30). Como la sunamita corrió directamente a Eliseo y se postró a sus pies negándose a soltarlo (2 Reyes 4:30). No ocultaron su dolor para llamarlo fe; trajeron su dolor, y Dios lo llamó fe. Su angustia los hizo permanecer y contender con Dios, y Dios lo llamó "vencer". A veces, el mayor acto de fe no es tener todas las respuestas; ni siquiera es confiar en que Dios las tiene. A veces es seguir llevando nuestras preguntas, decepciones y quejas delante de Dios en lugar de alejarnos de Él. Como insistió la viuda ante el juez injusto, como el vecino que pidió pan tarde en la noche, como Ana que derramó su corazón ante Dios de tal forma que parecía borracha. A veces es rehusarse a creer que la historia terminó sólo porque la historia entró en un capítulo doloroso. Es creer que podemos traer nuestras dudas a Dios porque Él puede escucharlas.
Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es remunerador de los que le buscan.- Hebreos 11:6 (LBLA)
Verdad de la Semana:
La fe también es negarse a soltar, aunque duela.
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