Soltar la culpa, abrazar la gracia.
- CDA Lares

- 5 ago
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Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.- Romanos 8:1
Conocí a una mujer que cargó por muchos años con una culpa silenciosa. En su adolescencia, quedó embarazada. Su familia, preocupada por el "qué dirán" en la iglesia más que por su alma, la presionó a tomar una decisión fatal: abortar. El padre del bebé nunca supo nada, hasta un tiempo después de que terminaron la relación. Ese día no sólo murió una vida y terminó una relación, sino que nació en ella un dolor profundo. Aunque seguía con su vida, dentro de ella vivía una sombra: la culpa, el dolor, y el silencio. Años después y con un nuevo matrimonio. Tratando de encontrar paz, nos arrodillamos juntas varias amigas y oramos por nuestros vientres, dedicando los hijos que aún no teníamos al Señor. Ella lloró mucho. Soltar la culpa es un acto de fe. No sólo por lo que no fue, sino porque por primera vez se sintió digna de volver a soñar y sentir que la calma podía llegar. Nadie que va a Dios con un corazón contrito y humillado es despreciado. Al contrario, estos son los verdaderos corazones que busca Dios.
Pasaron los años. Dios le regaló una familia, nos regaló una familia a todas esas amigas. Hoy nuestros primogénitos cumplen 18 años. Dios no borró su historia, pero sí restauró su corazón. Le costó mucho, por que en la situación difícil, el caos nos oculta el rostro de Dios. Pero nuestra transgresión y nuestro pecado puede ser limpiado. Su vida no fue definida por lo que ocurrió en su adolescencia, sino por la gracia que la levantó y la restauró. Dios no te define por tu peor error, sino por su Gracia que te restauró. David, un rey poderoso y respetado, cayó en adulterio y provocó la muerte del esposo de Betsabé. Intentó ocultar su pecado, pero al ser confrontado por el profeta Natán, no se excusó ni culpó a otros, sino que reconoció su falta con un corazón quebrantado. De ahí nace el Salmo 51, una oración sincera de alguien que, aunque lleno de culpa, corrió hacia Dios en busca de misericordia. “Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3), clamó, y también suplicó: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51:10).
A veces Dios ya nos ha perdonado, pero seguimos arrastrando la culpa. La restauración no se completa hasta que soltamos esa carga. Si ya hay arrepentimiento, la culpa no viene de Dios. Él perdona, limpia y restaura por completo. Leamos juntos el Salmo 51 y reflexionemos en cómo se sintió David. Pensemos también en nuestras propias faltas y llevemos la culpa a los pies de Cristo para recibir restauración. Ir a los brazos del Maestro siempre deja huella: Él sana. Reconocer la culpa no es debilidad, es el primer paso hacia la restauración. Dios no busca perfección, sino corazones sinceros y quebrantados. Él puede devolverte el gozo de la salvación. David descubrió que Dios no lo desechó… ¿y tú? Yo aprendí que el pecado deja marcas, pero la gracia revela propósito.
Verdad de la Semana:
Suelta la culpa, eres libre.
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