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¡Crucifícalo!

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Ahora bien, en el día de la fiesta el gobernador acostumbraba poner en libertad a un preso, el que el pueblo quisiera. En aquel momento tenían un preso muy famoso, llamado Barrabás. Pilato se reunió con ellos y les preguntó: “¿A quién quieren que les suelte: a Barrabás, o a Jesús, al que llaman el Cristo?” Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud de que pidieran a Barrabás, y que mataran a Jesús. El gobernador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Y ellos dijeron: “¡A Barrabás!” Pilato les preguntó: “¿Qué debo hacer entonces con Jesús, al que llaman el Cristo?” Y todos le dijeron: “¡Que lo crucifiquen!”- Mateo 27:15-17; 20-22 (RVC)

Hemos visto esta escena en varios medios muchas veces. Jesús, inocente, en un lado y Barrabás, un asesino, en el otro; mientras la multitud pide a gritos que se libere a Barrabás y se crucifique a Cristo. Todos nos hemos preguntado lo mismo una y otra vez: ¿cómo es posible? ¿Por qué a un inocente, cuyo único interés era ayudar a las personas, lo crucificaron mientras clamaban por la liberación de un rebelde homicida? Parecía una decisión lógica liberar a Cristo. Pero esto no fue lo que pasó. Y nos gusta pensar que no habríamos actuado así si hubiéramos estado allí, pero la realidad es que no somos diferentes. Diariamente, varias veces al dia, crucificamos a Jesús y liberamos a Barrabás.


Todos los días enfrentamos situaciones donde debemos escoger cómo actuar. Podemos escoger reaccionar como los representantes de Dios, o como los habitantes del mundo. Somos tentados constantemente a ceder a los deseos de la carne, en lugar de cosechar los frutos del Espíritu. Cada vez que alguien nos ofende, podemos enojarnos y guardar rencor, o podemos amar. Cuando alguien ataca nuestro orgullo podemos responder con altanería, o aceptar nuestra falta con humildad. Cuando no nos sentimos amados, la carne grita por su deseo de responder con frialdad en la misma manera en que nos tratan. Mientras el Espíritu Santo calla pasivamente. Esperando que nos demos cuenta que Él está ahí para ayudarnos. Con demasiada frecuencia elegimos la carne y crucificamos el deseo del Espíritu. La Palabra dice:

Y a todos les decía: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. - Lucas 9:23 (RVC)

Por lo general, interpretamos este versículo como que debemos soportar dificultades en nuestra vida por la causa de Cristo, “cargar nuestra cruz”. Aunque esto es cierto, el fin de una cruz es crucificar algo. Jesús cargó su cruz, pero finalmente murió en ella. No podemos pretender cargar nuestra cruz eternamente. En algún momento, tendremos que morir en ella. Diariamente, de hecho, cada dia. Cada dia tendremos que sacrificar la carne, si verdaderamente queremos elegir al Espíritu. Todos los días en cada tentación que enfrentamos, nuestro Espíritu es Jesús y nosotros somos Barrabás. ¿A quién vamos a elegir, y a quién vamos a crucificar? Es fácil decir que hubiéramos sacrificado a Barrabás, hasta que nos damos cuenta de que Barrabás somos nosotros. Y debemos morir para que el Espíritu viva.

Pero con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; - Gálatas 2:20 (RVC)

Cuando las cosas no salgan como quieres, y el orgullo te lleve a quejarte. Cuando otros cometan errores, y tu carne quiera juzgarlos. Cuando te traten injustamente, y no quieras bendecir. Cuando te enteres de algo, y no lo quieras callar. Cada vez que seas tentado a dejar que tu comodidad gane, recuerda que te encuentras frente al tribunal. Barrabás, el asesino de relaciones, quien se rebela contra autoridad, está clamando por ser liberado. Mientras Jesús, el Espíritu que da vida, la esperanza de algo mejor, permanece callado esperando. Siempre, todos los días, la decisión es tuya. El precio parece alto, pero la recompensa es eterna. Si quieres ver un cambio en tu vida, cada dia toma la cruz y crucifica a Barrabás.

Pongan la mira en las cosas del cielo, y no en las de la tierra. Porque ustedes ya han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. - Colosenses 3:2-3 (RVC)
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