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Tu Relación Con Dios: ¿Lo Más Importante?

Siempre nos han dicho que nuestra relación con Dios es lo más importante. Se nos enfatiza el atender esta área de nuestra vida. Se han escrito cientos de libros y se han predicado miles de sermones acerca de los temas de oración, ayuno, adoración y estudio de la Palabra. También se trata el tema del manejo del tiempo para encontrar un espacio de intimidad con Dios. Sin embargo, pocas veces se discute cuál es el fin de esta prioridad. ¿Qué es lo que buscamos obtener de este tiempo? Y, ¿será en realidad tan importante?

Una vez llegamos al evangelio y aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, aún nos queda un largo camino por recorrer. Hay mucho que aprender y nos falta mucho por crecer. La manera de lograrlo es pasando tiempo con Dios, de ahí la importancia de nuestra relación con Él. Estudiando su Palabra conocemos sus enseñanzas, orando le comunicamos nuestras inquietudes y escuchamos sus instrucciones. Pero Dios no es sólo un maestro o un jefe al que buscamos para recibir instrucciones. Es nuestro Padre, y lo buscamos para conocerle íntimamente. No pasamos tiempo con Él sólo para cumplir con otra tarea en nuestra agenda, sino que construimos una relación. La importancia de esto es todo lo que surge de esa relación. Conocer a Dios nos transforma. Comprender su naturaleza nos ayuda a crecer. Encontrarlo en la intimidad nos enseña más que cualquier instituto. Por lo tanto, nuestra relación con Dios no es como cualquier otra relación. Y la palabra que mejor debe describirla es fructífera. Es aquí donde muchos tienen problemas.

Hay ideas y conceptos actuales que han nublado nuestra percepción de este tema. En especial el individualismo. El individualismo nos hace pensar que en tanto que estemos bien, todo está bien; no pensamos en los demás. Es aquí donde la idea de una relación con Dios como lo más importante, se convierte en lo único importante. Es cuando comenzamos a pensar que, si estoy bien con Dios, nada más importa; incluso el compartir a Dios con los demás que aún no le conocen. En ese momento, mi relación con Dios se vuelve egoísta y deja de ser fructífera. Es cuando nos volvemos insensibles a la necesidad porque yo estoy bien. Es cuando utilizamos el argumento de la salvación es individual para evadir nuestro deber de evangelizar. Es cuando utilizamos el Dios conoce mi corazón como escudo cuando alguien intenta corregirnos. Es la actitud de ya soy salvo, no hay más que hacer. Es aquí cuando ir a la iglesia se vuelve “suficiente”. Y navego por la vida preocupándome sólo de MI relación con Dios, aunque apenas le conozco.


Precisamente, el problema de esta actitud egoísta es el enfoque en el yo. Cuando todo nuestro enfoque debe estar en Él. Cuando la idea del morir al yo deja de servirnos, pues estamos enfocados en servirnos a nosotros mismos, no a Él. En ese momento, la idea de que nuestra relación con Dios es lo más importante se convierte en la excusa para no hacer lo que no quiero hacer. Confiamos en que nadie desde afuera puede evaluar nuestra relación con Dios y, por lo tanto, deben creer ciegamente que esa relación existe; aunque sea obvio que no hay frutos. Así comienza nuestro deterioro espiritual. Pues nos cerramos a las observaciones externas mientras que la supuesta relación con Dios no existe, o Él mismo ya nos habría corregido. Un encuentro con el Perfecto nos haría ver nuestras debilidades y corregirlas. Pero no queremos ver, por lo que es más fácil pretender.


El engaño es pensar que en realidad podemos ocultar nuestra situación delante de todos. Puede que no comenten nada, pero todos notamos cuando una pareja dice estar casada y teniendo intimidad, pero no hay fruto. De la misma manera, sabemos que quien dice estar “casado” con Dios y tiene intimidad con Él debe llevar frutos. Sabemos que algo pasa cuando no es así. Sólo que cuando se trata de Dios sabemos que el problema somos nosotros, porque el Espíritu no es estéril. Si tenemos una relación con Dios, este encuentro debe tener efectos en nuestro espíritu y llevarnos a dar fruto.


¿Qué clase de fruto? En primer lugar, amor. Una vez conocemos a profundidad el amor de Dios, éste nos transforma. No hay lugar para el egoísmo o el individualismo en una relación fructífera con Dios. Todos los frutos del Espíritu surgen (Gálatas 5:22-23), y sus efectos en nuestras vidas son notables. Es imposible que tengamos una relación con Dios y no haya un cambio en nuestra vida. También es imposible que intimemos con Él y no sintamos pasión por generar un cambio en el mundo. Es normal que antes de creer nuestra mayor preocupación fuéramos nosotros mismos, pero luego de conocer a Jesús las situaciones de nuestra vida diaria deben llevarnos a querer hacer algo por este mundo. La Biblia compara esta pasión con un fuego (2 Timoteo 1:6-7), y es triste ver que muchos están apagados.


Es extraño pensar que una persona decida ocupar su tiempo semana tras semana en una iglesia, pero no sentir ningún deseo por servir a los demás. ¿Qué esperan conseguir de todo ese tiempo invertido? Incluso es difícil creer que alguien pueda intimar con Dios y no tener ideas nuevas. El Espíritu Santo nos da dones para capacitarnos a servir. (1 Corintios 12:4-7) También pone sueños en nuestro corazón, nos da ideas, visión. Si todo eso es cierto, entonces cada encuentro con Dios debería poner un nuevo proyecto en nuestro corazón. Un nuevo ministerio, una idea novedosa para el evangelismo, una palabra para alguien; algo debe ser concebido en nuestro espíritu. Cuando no es así, algo ocurre. Es imposible encontrarnos con Dios y que Él no nos entregue nada nuevo. Él ama lo nuevo. Su semilla siempre tiene el potencial de dar fruto, la pregunta es qué tan fértil es nuestro terreno para recibirla. Si nuestra relación con Dios se limita a encontrarnos con Él, pero no recibir su semilla, estamos perdiendo el tiempo.


Quizás lo más importante sea definir qué es, para nosotros, una relación con Dios. Cómo se ve esa relación en nuestro día a día, de qué se trata y cómo la construimos. Muchas veces ese es precisamente el problema. Pensamos que tener una relación con Dios se limita a haberle conocido y aceptado, y no consideramos que las relaciones hay que construirlas. Entonces, ¿tener una relación con Dios es lo más importante? No si piensas que es suficiente con haberle conocido alguna vez. ¿Cultivar y mantener dicha relación? Sí, eso sí es lo más importante. No es tener, sino mantener. Porque si tomamos esta tarea en serio y trabajamos en ella diariamente, la naturaleza misma de Dios hará que esa relación sea fructífera en todo tiempo. Entonces nuestra vida comenzará a cambiar. Y todos podrán notarlo, porque nuestra vida será un testimonio vivo del cambio que Dios ha hecho. Ya que lo importante no es tener un huerto, sino cultivarlo cada día. Pues no tenemos un huerto para jactarnos de su posesión, sino para cosechar sus frutos.

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